13 noviembre 2021

Los fondos europeos: la disputa por la reconstrucción de Europa tras la pandemia

Por Julio Martínez-Cava, Rodrigo Amírola 

Desde la crisis financiera de 2008 y su transmutación en crisis de deuda europea en 2010 por las políticas de austeridad y la obsesión por la reducción de la deuda pública, el continente europeo ha vivido en shock permanente. Si los treinta gloriosos quedan cada vez más lejos para varias generaciones de europeos, durante la última década se aceleraron los acontecimientos y se disparó la incertidumbre. Las impugnaciones populares de la austeridad de Syriza o el primer Podemos, la crisis de refugiados desde 2013, el Brexit, el avance de la ultraderecha y las amenazas reaccionarias en gobiernos como Hungría o Polonia, son manifestaciones de una época de turbulencias.

Fuentes: oncubanews.com/

Finalmente, llegó la pandemia del coronavirus, que mostró la enorme fragilidad de nuestros Estados del bienestar y el eclipse del neoliberalismo provocado por su incapacidad para dar respuestas solventes. Solo en Europa han fallecido aproximadamente 1 millón de personas por el virus, millones más han sido afectadas en su salud, nuestras economías tuvieron que ser paralizadas y corrieron un serio riesgo de colapso. Durante marzo del año pasado llegamos incluso a acostumbrarnos a escuchar comparaciones con la devastación de la Segunda Guerra Mundial.

Ante eventos de tal magnitud Europa reaccionó tarde, pero lo hizo de una manera cualitativamente diferente a cómo lo había hecho con anterioridad. En la Eurocumbre de julio de 2020 se aprobaron 750.000M de euros de los llamados fondos Next Generation —entre ellos 390.000M en ayudas directas y el resto en créditos—, cuyos primeros pagos tienen que gastarse en los dos años siguientes al acuerdo.

España es el segundo país más beneficiado, junto a Italia, por estos fondos. El país ha logrado 140.000M, de los cuales más de la mitad son ayudas directas y el resto préstamos a devolver hasta 2026, fecha en la que, en principio, la Comisión se plantea dejar de emitir bonos para este macroprograma. Para dimensionar la magnitud de éste cabe recordar que entre 1989 y 2020 España recibió casi 190.000M en fondos estructurales y fondos de cohesión, siendo el país más beneficiado por la política regional.

Pero no solo es una cuestión cuantitativa. Por primera vez la Unión Europea rompía el tabú de generar un volumen de deuda compartida —“eurobonos”— para realizar transferencias a los Estados miembros con el beneplácito de Alemania, a pesar de las tensiones de la negociación y las fuertes resistencias de los mal-llamados “países frugales” —Suecia, Dinamarca, Austria o Países Bajos—, que consiguieron introducir una cláusula de veto para bloquear los fondos en caso de “dudas fundamentadas” de su destino. Además de ello, se acordó la suspensión del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, la regla de oro del equilibrio presupuestario europea durante, al menos, tres años. Visto desde la perspectiva de hoy puede parecer poca cosa, pero no pocos analistas han señalado la enormidad de los cambios, siendo este cambio de paradigma la condición de posibilidad de lo que el historiador económico Adam Tooze ha llamado “la batalla más importante de los próximos tiempos para el futuro de Europa”. Se impone entonces saber si “esto será o no permanente”. La propia economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), Gita Gopinath, se ha manifestado ya a favor de que los eurobonos permanezcan como una herramienta permanente de la Unión.

Sin ninguna duda, todo ello no ha sucedido porque de la noche a la mañana los eurócratas de Bruselas se hayan convertido al keynesianismo verde, sino porque la experiencia de la pandemia ha puesto en riesgo a la misma Unión Europea y se ha producido un auténtico terremoto en el sentido común. Como ha acertado en señalar el intelectual italiano Paolo Gerbaudo[1], el retroceso del neoliberalismo ha dado paso a un nuevo horizonte de época presidido por un nuevo papel de lo público y las necesidades de protección, soberanía y control. Tanto es así que, según los datos de un Eurobarómetro reciente, nueve de cada diez europeos anhelan una Europa fuertemente social.

La reciente elección en Alemania, que dará paso con toda probabilidad a un gobierno presidido por Olaf Scholz como canciller, confirma esta nueva época de claroscuros en la política económica europea de la que él es parcialmente responsable como ministro de Finanzas de Angela Merkel. Si bien se abrió la mano de la Comisión para disciplinar a los “países frugales”, al mismo tiempo seguirán las resistencias ante cualquier alternativa que impugne la arquitectura institucional y la división del trabajo de la Unión Europea (lo que puede considerarse “el mayor legado” de Merkel).

Los fondos europeos aparecen así presos de una ambivalencia: o son una oportunidad para reconstruir Europa sobre nuevas bases sociales y productivas, o solo servirán para tapar goteras de una casa a la que le fallan los cimientos. Pensemos que las políticas de flexibilidad cuantitativa (Quantitative Easing 2.0), es decir, el aumento de la cantidad de dinero en circulación, comprando deuda de empresas y de los Estados miembros, han amortiguado los efectos de la depresión, pero no son capaces por sí mismas de estimular la economía. Por ello, la palanca de los fondos europeos y su absorción por parte de las economías europeas resultan fundamentales, aunque quepan dudas aún de si esto permitirá recuperar las tasas de rentabilidad.

Los fondos europeos son una oportunidad única para paliar algunas desigualdades esenciales, pero algunos economistas han venido a señalar que los riesgos que acompañan a este paquete de medidas están lejos de despejarse. Y el problema es que, dada la composición actual de la Unión, parece más probable que se cumplan algunos de nuestros peores temores. Europa parece decidida a abordar un replanteamiento del modelo de capitalismo que surgió de los años 70 y que sufrió dos profundos reveses, en 2008 y 2020. Ahora bien, tras la hipertrofiada y grandilocuente retórica de los informes oficiales y las declaraciones de la Comisión Europea —según la cual parecería que en cuestión de dos décadas Europa se convertiría en el líder mundial de la transición ecológica[2] — puede que haya no pocas cortinas de humo. Necesitamos herramientas para leer los juegos de intereses que marcarán la batuta. En este sentido, se vislumbran principalmente tres problemas:

– En primer lugar, aunque esta vez la condicionalidad no sea “dura” como en la anterior crisis, genera dudas e incertidumbres. Los fondos tienen que destinarse a determinadas finalidades como la transición ecológica o la digital, y además la Comisión Europea firma un contrato con cada país, que incluye una serie de “componentes”. A pesar de que estos incluyen una serie de objetivos y recomendaciones, la dificultad reside en que, dada su ambigüedad, en ocasiones dejan abierta la puerta a colar contrarreformas como las que venimos sufriendo en las últimas décadas. Por ejemplo, en el caso del Pacto de Toledo, en España, el componente 30, que hace referencia a la sostenibilidad del sistema de pensiones, insiste en este objetivo y en la necesidad de sustituir el factor de sostenibilidad del Partido Popular (PP) por un mecanismo de equidad intergeneracional. Con una partitura tan extraordinariamente general y presiones europeas en esa dirección no se puede garantizar que no haya retrocesos.

– En segundo lugar, como se ha dicho, una parte importante de los fondos tiene que destinarse a la transición ecológica de las economías europeas, pero, pese a los discursos grandilocuentes de la Comisión, los planes están lejos de la ambición imprescindible que necesitaríamos en un momento como el actual. Tras el llamado “Libro Verde” de 1995 y el “Libro Blanco de las Energías Renovables” de 1996, el “Pacto Verde Europeo” (European New Deal o END) es el plan para enfrentar la omnipresente crisis ecológica y garantizar un “crecimiento verde inclusivo”, a la vez que una estrategia del gran capital para readaptar sus intereses a la nueva época. Como explican Isidro López y Rubén Martínez en su ensayo La solución verde. Crisis, Green New Deal y relaciones de propiedad capitalista, las condiciones que posibilitaron el Pacto Social de posguerra y la hegemonía estadounidense no están, ni se las espera, hoy. No existe la fuerza social que facilitó el empuje —un movimiento obrero fuerte en Europa y EEUU—, y sobre todo no existen las condiciones macroeconómicas que evitaron que el reparto del excedente económico se convirtiera en un juego de suma cero entre capital y trabajo. Si no se pueden recuperar los niveles de productividad laboral que sustentaban ese agigantado excedente, no es suficiente con diseñar un sistema fiscal europeo que sustraiga fondos al capital financiero para invertirlos en capital productivo “verde” en paralelo a las inyecciones a la demanda agregada en forma de prestaciones sociales. De hecho, los fondos europeos son también una disputa por colonizar esferas y recursos públicos. En la medida en que la propuesta del END no se propone reducir el poder de los grandes capitales, sus oligopolios y monopolios, los objetivos ecologistas y sociales quedarán ciertamente lastrados. El gran capital hace tiempo que identificó el sector verde como un nicho donde recuperar su reducida rentabilidad, por lo que no deja de ser mordazmente irónico que se nos presente ahora a los grandes inversores en energías contaminantes como los protagonistas o asesores de la transición ecológica (véase el papel Blackrock convertido en asesor del END).

– En tercer lugar, uno de los problemas más serios para el éxito y la consolidación del cambio de paradigma económico pasa por el modelo de gestión. Muchos Estados, desprovistos de herramientas y poder durante las últimas décadas, están en condiciones pésimas para gestionar subvenciones y créditos de este calibre. Así, una de las vías principales para su absorción está siendo, por un lado, la apropiación de los fondos por parte de grandes empresas (que disfrutan de mejores condiciones económicas y de información que las medianas y pequeñas); y, por otro lado, la conformación de los polémicos partenariados público-privados que históricamente han sido un mecanismo para socializar gastos y privatizar beneficios. La falta de recursos o know-how y la estricta disciplina fiscal obligan a los Estados a valerse de estos instrumentos que se administran de formas más opacas y no-competitivas que las subvenciones habituales, y que desaparecen de los balances de la Hacienda pública. En definitiva, el coste lo acaba asumiendo el contribuyente, que tiene nula capacidad de control democrático, y son los poderes privados quienes acaban por monopolizar los beneficios. Así pues, ¿por qué fiar a un modelo de gestión tan problemático los fondos sobre los que volcamos tantas esperanzas?

Vivimos un cambio de paradigma de apuesta por lo público, centralidad de la crisis climática y anhelo de protección por parte de las mayorías sociales en el seno de la Unión. Al mismo tiempo la huella de lo viejo se resiste a perecer, como se ve claramente en los problemas estructurales del diseño programático de los fondos. La Comisión Europea ha congelado el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, pero también ha declarado su preferencia por volver a la senda de los techos de déficit una vez termine el programa previsto de ayudas y eurobonos en 2026. La duda que emerge es si debería volver a imponerse el mecanismo que desangró a las periferias o más bien replantear todo su sistema de control fiscal. Incluso el antiguo economista jefe del FMI cuestiona ahora la existencia misma de un Pacto que fije techos de déficit iguales para todos los países miembros y prefiere hablar de normas flexibles.

Si los fondos europeos son a la vez una oportunidad histórica para hacer frente a la crisis eco-social, ¿podemos permitirnos que se conviertan simplemente en una alfombra roja para recomposición de los derechos de propiedad capitalista de los poderes económicos europeos? ¿Hemos de aceptar que se desaproveche la oportunidad de poner en cuestión la división internacional del trabajo en el continente de la que parten las desigualdades estructurales en la región? A pesar del jerarquizado y burocrático diseño institucional de la Unión, configurado deliberadamente para concentrar el poder en un grupo de tecnócratas y unos líderes demasiado alejados de las presiones democráticas —ese gran regalo del ordoliberalismo de postguerra—, lo cierto es que se trata de una pugna política de la que, en cualquier caso, no podremos escapar. Si la Unión se resiste a transformar el paradigma de excepción de la pandemia en la nueva norma, se hará imprescindible una segunda oleada democrática del siglo XXI para hacerlo una realidad institucional duradera.


Notas:


[1] De forma muy sintética, podríamos decir que éste es el argumento central que recorre su libro The Great Recoil: Politics After Populism and Pandemic, publicado en inglés por la editorial Verso.


[2] Como ya es habitual, la Comisión Europea tiende a basarse en datos que cuantifican exclusivamente las emisiones europeas, sin tener en cuenta que una gran parte de la producción industrial se ha deslocalizado a los países del llamado “tercer mundo” y que, además, el desarrollo de tecnologías verdes depende sustancialmente de las industrias extractivas de materias primas de tales países.

Julio Martínez-Cava. Investigador postdoctoral en la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro del comité de redacción de la revista Sin Permiso.

Rodrigo Amírola. Licenciado en Filosofía por la UCM. Ha colaborado en medios de comunicación como Cuartopoder o CTXT.


Fuente: https://oncubanews.com/mundo/europa/los-fondos-europeos-la-disputa-por-la-reconstruccion-de-europa-tras-la-pandemia/

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. Términos de Uso

Latinoamérica: un modesto consejo para una izquierda confundida

Por: Atilio Boron

La Ley de Registro de los Agentes Extranjeros (FARA, por su sigla en inglés) es una ley estadounidense aprobada en 1938 que exige a las personas que representan los intereses de potencias extranjeras en una «capacidad política o cuasi-política» revelar su relación con el gobierno extranjero y suministrar detallada información sobre sus finanzas y actividades a las autoridades de EE.UU.

Fuentes: Rebelión - Imagen: William Walker, el imperialista estadounidense usurpador de la presidencia de Nicaragua en 1855. Ilustración de Jonathan Bartlett.

A ver, izquierdistas latinoamericanos, piensen un minuto por favor; sólo eso les pido. ¿Cómo creen que reaccionaría el gobierno de Estados Unidos si la Rusia de Vladimir Putin, violando la legislación vigente en aquel país, reclutase y financiase descaradamente a ciertos líderes de opinión, de ONG, o de la prensa dizque independiente y los lanzara al ruedo electoral para derrotar al gobierno o, en su defecto, derrocarlo por la vía sediciosa o promoviendo acciones como la toma del Capitolio el 6 de enero de este año?

En Estados Unidos esos sujetos serían juzgados y sentenciados a cumplir extensas condenas (hay una ley que estipula tal cosa desde 1938, dirigida a impedir la difusión de ideas o actividades pro-soviéticas), y nadie por eso diría que en el país del Norte hay una dictadura.

Pero si tal cosa ocurre en Nicaragua, en donde Washington hizo, con total descaro, lo que hace en todos nuestros países -promover liderazgos opositores a los gobiernos progresistas, so pretexto de revitalizar la “sociedad civil”, financiarlos, asesorarlos y ofrecerles protección mediática- y las autoridades nicaragüenses se defienden con una ley que imita la que existe en Estados Unidos, ¡ah!, entonces sí, ¡en Managua impera la dictadura! ¿No les parece un poquitín incoherente?

¡Socialistas, comunistas, anarquistas, anti-capitalistas de todos los países, por favor: despierten, infórmense y estudien nuestra historia antes de reproducir el discurso de la derecha y el imperialismo y condenar –de la mano de Luis Almagro, Biden, Macri, Piñera, Duque y compañía- con santa indignación a las recientes elecciones nicaragüenses!

No condenen aquí lo que aprueban allá. Y no se ilusionen: aunque lo hagan, aunque se rasguen las vestiduras repitiendo con ardor la denuncia de la derecha, ¡jamás les van a creer! Hipotecarán su coherencia política y encima perderán las elecciones. No se olviden que los pueblos siempre prefieren el original a la copia.

Analisis Critico ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Chile: un futuro sin carbón

Por:DW 

Chile cuenta con un gran potencial para generar energía solar.


 Ahora persigue la idea de almacenarla. Muestra de ello es este proyecto en el desierto de Atacama. Las centrales carboneras se transformarán en instalaciones para almacenar energía solar.


Corrupción: ¿Cómo la madre de Leopoldo López logró cobrarle a Monómeros facturas millonarias?

Por: Analisis Critico

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Un nuevo escándalo salpica al entorno de Leopoldo López y Juan Guaidó. 


En redes sociales este viernes el debate sobre el caso de corrupción de Monómeros que involucra a la madre de Leopoldo López y que fue revelado por el periodista Orlando Avendaño del medio PanamPost se ubica en las primeras tendencias de interacción del país, hoy diversos sectores de la sociedad venezolana rechazan que la señora Antonieta Mendoza de López cobrara facturas millonarias a la empresa venezolana, bajo la sombra.

El periodista Orlando Avendaño informó que la empresa pública bajo el control de agentes de Juan Guaidó desde 2019, canceló cuando menos 70.000 dólares por concepto de "servicios de comunicaciones" a la empresa española Llorente & Cuenca, de la que Antonieta Mendoza de López, madre del dirigente y prófugo de la justicia venezolana Leopoldo López, es vicepresidenta.

Según Avendaño, Carmen Elisa Hernández –una de las piezas claves en la debacle de la otrora lucrativa compañía y ahora "expresidenta" de la misma confirmó la existencia de los contratos.

No es la primera vez. Hace más de dos décadas, la madre de López se habría aprovechado de su cargo como gerente de Asuntos Públicos en la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa) para financiar en 1998 "la creación del partido de su hijo y sus amigos, Primero Justicia", al donar "más de 60.000 millones de bolívares", unos 108.300 dólares de la época a la Asociación Civil Primero Justicia.

(Lea también: El Partido Comunista de China refuerza el poder del presidente Xi Jinping)

Con datos aportados por La Tabla, se deduce que su actual trabajo como asesora de Monómeros y del propio Guaidó, no se diferencia demasiado de lo que hiciera cuando ejercía una posición gerencial en Pdvsa.

¿Cómo lo hizo?

En el reporte se puntualiza que desde marzo de 2018, Mendoza de López es la encargada de las "relaciones institucionales, diplomacia corporativa y lobby" del área Advocacy Latam de Llorente & Cuenca, como consta en el propio portal de la compañía, que fue creada en España en 1995 y tiene "presencia en 16 países".


Se trata de "de una consultora global de comunicación y asuntos públicos" de alto perfil, cuyas ganancias en 2020 superaron los 52 millones de dólares. Además, La Tabla destaca que cotiza "en el mercado alternativo bursátil de Madrid (BME Growth)" y su presidente, José Antonio Llorente, ha asegurado que pretenden ser "una compañía de más de 100 millones de dólares en 2025".

El trabajo periodístico precisa que en Llorente & Cuenca, Antonieta Mendoza de López se dedica a "limpiar la imagen y reputación de su cliente en el territorio". Por ello no sorprende que antes de arrimarse a las filas de Monómeros haya ejercido como asesora de Guaidó, como se deduce a partir de "un empalagoso e infinito texto" intitulado: Descubriendo a Guaidó: el hombre de la persistencia, con el que se pretendía "ensalzar al entonces desconocido diputado".

Así las cosas, La Tabla recuerda que ella "siempre ha estado en el área de asuntos públicos (tanto en PDVSA como en la Organización Diego Cisneros) y ha aprovechado su posición para impulsar política y económicamente a su entorno, aunque esto no solo sea inmoral sino (en algunos casos) delito". 

Monómeros, un historia de crisis y ganancias que quedan en manos del entorno de Leopoldo López

En 2019, Juan Guaidó prometió que la empresa Monómeros Colombo Venezolanos S.A., filial de Pequiven, sería atendida por los miembros de su interinato; sin embargo, esta corporación se ha convertido en un punto de quiebre entre los políticos opositores del G4, que escaló con el rechazo, en votación en la Comisión Delegada el 2 de noviembre, del decreto de reestructuración propuesto por Guaidó y la aprobación del informe de la Comisión Especial de control e investigación sobre la situación actual de la empresa Monómeros, presidida por Bibiana Lucas (PJ), que hizo una experticia a la empresa en Colombia.

La Asamblea de Venezuela de 2015 advirtió, el mesa pasado de este año, que hay “indicios” de que Monómeros fuese “víctima de un esquema diseñado” para que la empresa “pase a ser controlada por el grupo empresarial Nitron Group”.

Se trata del informe preliminar, de 52 páginas y fechado el pasado 25 de octubre, que se desprende del mandato otorgado por parte de la Asamblea Nacional de Venezuela el pasado 12 de octubre a una comisión especial de control e investigación sobre la situación actual de la empresa Monómeros Colombo Venezolanos.

Para este reporte se solicitó una “investigación inmediata y expedita de la situación actual de la empresa” además “producto del examen de distintas fuentes, entre las cuales se encuentran informes y documentos de los abogados de la empresa Monómeros Colombo Venezolanos, documentación oficial emanada de la empresa, testimonios de personas vinculadas, información extraída de fuentes abiertas -previa verificación-, entre otras”.

La centralidad del trabajo después del coronavirus y el caso estadounidense

Por Daniel Bernabé

Para RT

Si una inteligencia extraterrestre tuviera acceso al material audiovisual de nuestra época no comprendería demasiado bien cómo puede funcionar nuestra sociedad. 


Sabrían de la existencia de líderes políticos, militares y religiosos, de las rutilantes estrellas del cine, la música o el deporte y de los grandes empresarios. Pero de poco más. Verían un planeta con edificios, infraestructuras y una actividad frenética pero tendrían que deducir que todo eso ha aparecido por arte de magia sobre la faz de la tierra. ¿Qué pretendo señalar con este fantasioso supuesto? Que los trabajadores son constantemente invisibilizados en una gran parte de la información y la mayoría de las ficciones.

Pocas noticias refieren al mundo del trabajo, que suele ir como epígrafe inserto en las secciones de economía, como si en vez de ser el factor fundamental que crea la riqueza fuera una variable secundaria, y a menudo insidiosa, que hay que abaratar, flexibilizar y externalizar. De hecho, la propia economía parece haber caído presa de este sortilegio, teniendo sólo en cuenta variables financieras y apostando por plataformas que se limitan a ser una marca y un gestor digital de servicios, donde quien trabaja para ellos no es ni siquiera empleado de la matriz o de una empresa subsidiaria, sino una "unidad de producción independiente" dada de alta en sus registros. Neolengua al servicio de la explotación. Tecnología que sólo actualiza los métodos de trabajo informal del siglo XIX.

En la mayoría de las ficciones, de hecho, el trabajo está completamente ausente. Los protagonistas viven aventuras, romances e intrigas pero desconocemos cómo se ganan la vida. Cuando este hecho sí tiene alguna importancia, los personajes encajan en alguna de las categorías dignas de visualizar. La clase trabajadora o está completamente desaparecida o forma parte del escenario, de forma poco más notable que el atrezzo. Lo peor es que, a base de esta educación ideológica camuflada en información y entretenimiento, la mayoría de nosotros aceptamos como normal nuestro propio borrado de la historia. ¿Qué es lo que suele suceder cuando alguien no se echa en falta ni a sí mismo? Que difícilmente va a saber quién es y por tanto cuáles son sus intereses.

Este fenómeno no se debe a una mera casualidad, a la pereza de los guionistas o a un clasismo contra la supuesta vulgaridad de los trabajadores. Tampoco, probablemente, a una conspiración a gran escala: no hay un comité de inductores manejando las ficciones y la información mundial. Simplemente es un proceso provocado por las políticas neoliberales cuya finalidad principal era la misma que la del mago con el naipe, realizar un truco de prestidigitación para hacerlo desaparecer aunque todos sepamos que no ha ocurrido así realmente. Las décadas han pasado y durante todos estos años los servicios que consumimos, los bienes que adquirimos o la propia comida que comemos parecían únicamente fruto de la audacia empresarial en situar su producto o elegir su marca.

De repente, el coronavirus dejó al mago neoliberal desnudo, mostrando no sólo que los servicios públicos, esos que se habían empeñado en desmontar, eran imprescindibles, sino que nosotros mismos, como trabajadores y trabajadoras, lo éramos.

Sin embargo, como en las mejores historias, un diminuto invitado vino a dar carpetazo a esta interesada narración de cómo funciona nuestra sociedad, algo que casi nos recuerda al final de La guerra de los mundos. El coronavirus no solamente es una desgracia a nivel mundial por la muerte provocada, sino que como pandemia nos ha puesto la vida patas arriba: cuando las circunstancias se vuelven duras, las prioridades no tienen más remedio que centrarse. En los días más duros de la primera ola, se tuvo que recurrir a algo que se llamó "trabajadores esenciales" para que nuestra sociedad siguiera funcionando. Adivinen, la mayoría de las profesiones movilizadas eran también las peor pagadas, también las más invisibilizadas.

Pero no solo. Cualquiera de nosotros, tuviéramos la ocupación que tuviéramos, pensamos inmediatamente en la Gran Recesión de 2008, si la historia se iba a volver a repetir, si nos íbamos a volver a quedar sin trabajo por la crisis económica asociada. También, nuestra clase social, es decir, el lugar que ocupamos en el proceso productivo, determinó variables esenciales en aquellos momentos como el tamaño de nuestra vivienda, la obligación de movernos en transportes públicos masificados o cómo compatibilizar el teletrabajo con la crianza de nuestros hijos, también encerrados en nuestra casa. De repente, el coronavirus dejó al mago neoliberal desnudo, mostrando no sólo que los servicios públicos, esos que se habían empeñado en desmontar, eran imprescindibles, sino que nosotros mismos, como trabajadores y trabajadoras, lo éramos.

Pero la cosa no acabó ahí. La vertiginosa recuperación económica ha tenido en este último año consecuencias para la propia economía mundial produciéndose cuellos de botella en el comercio internacional. Además se ha producido un incremento de la oferta laboral, concretamente un 62% en Estados Unidos, pero esos puestos no se cubren. ¿Cuál ha sido la explicación a estos fenómenos? Volver a hacer desaparecer a los trabajadores, como si se hubieran volatilizado. Eso en el mejor de los casos. En el peor aducir a su pereza o a las ayudas estatales extraordinarias implementadas para paliar las situaciones de desempleo transitorias por la pandemia. Lo público es malo, los trabajadores unos perezosos, los economistas neoliberales siempre aciertan y las grandes empresas nunca hacen nada mal. De nuevo había que sacar el mago a escena con otro traje.

La realidad es, obviamente, bien diferente. No es que haya escasez de trabajadores, ni que estos se puedan permitir vivir del aire, lo que sucede es que faltan empleos con buenas condiciones y salarios. Se están produciendo así dos fenómenos paralelos que ya han sido detectados especialmente en Estados Unidos. De un lado, los sectores con bajos salarios no atraen a los trabajadores, no por exquisitez o ambición, sino porque muchos de ellos son incapaces de realizar la movilidad laboral requerida, bien geográficamente, bien formativamente. Esos trabajos no les dan para iniciar una nueva vida en otro lugar o en otra profesión. Los bajos salarios impiden unir a los 8’5 millones de desempleados estadounidenses con muchos de los puestos vacantes.

Asistimos no sólo a una nueva disposición de los trabajadores a buscar una mejor calidad de su empleo, algo que en Estados Unidos se había limitado, en estas últimas décadas, a la competencia individual, sino a un renacido protagonismo de la discusión sobre el trabajo en la vida pública.

Pero, por otro lado, se está dando lo que se ha llamado "la gran renuncia". Más de 10 millones de trabajadores han dimitido de sus puestos, en lo que Robert Reich, el secretario de Trabajo en la administración Clinton, ha calificado como "una huelga general informal". Publicaciones como Harvard Business Review ya han dedicado estudios al tema en los que se ha detectado que el grupo mayoritario a dejar el trabajo eran empleados de 30 a 45 años, especialmente del sector tecnológico y médico. Además de la mayor carga laboral y las presiones de este periodo, las ofertas de otras empresas para trabajar a distancia inducen a estos empleados el cambio. Teletrabajar ha demostrado que se puede "mantener la tasa de productividad haciendo menos", según el profesor de la universidad de Texas, Anthony Klotz. Los empleados renuncian a volver a sus oficinas, traslados diarios y jornadas maratonianas si lo pueden evitar.

El correlato político se observó el pasado mes de junio con la comentada exhortación de Biden a los empleadores para que paguen más. Su gobierno aumentó el salario mínimo no sólo a los trabajadores públicos federales, sino también a los autónomos y subcontratados, de 7’25 a 15 dólares a la hora. La cuestión no son tanto los deseos del propio Biden, sino que su administración sabe que los bajos salarios pueden afectar a la recuperación productiva del país frente a China. A esto habría que contraponerle la reticencia del Partido Demócrata, por descontado del Republicano, a recuperar políticas intervencionistas para el sector privado, añadiéndose una importante incógnita a la ecuación.

Parece, no obstante, que este fenómeno dual, desempleados incapaces de acceder a los empleos y alta rotación en sectores de mayor capacitación, se le ha unido la pléyade de huelgas: los mineros de carbón de Alabama, las alimentarias Nabisco y Kellog, técnicos televisivos y cinematográficos, fabricantes de maquinaria como John Deere y los profesionales de la salud de California y Buffalo. Lo que indica que en aquellos sectores donde hay sindicatos la respuesta a las malas condiciones y bajos salarios está siendo colectiva en vez de individual. Para que esta tendencia de búsqueda pase a convertirse en la norma se hace imprescindible la acción sindical organizada, pero en Estados Unidos sólo el 6% de los trabajadores de la empresa privada forman parte de un sindicato.

Lo cierto es que, bajo diferentes formas, asistimos no sólo a una nueva disposición de los trabajadores a buscar una mejor calidad de su empleo, algo que en Estados Unidos se había limitado, en estas últimas décadas, a la competencia individual, sino a un renacido protagonismo de la discusión sobre el trabajo en la vida pública. ¿Volverá el mago a hacerlo desaparecer dentro de su chistera o será él mismo quién desaparezca?

España tiene un gran déficit de mano de obra y la ultraderecha VOX rechaza la inmigración

Por; Analisis Crítico

De todos los grupos pro fascistas, Vox es el menos acomplejado, se muestran como son, tratan los inmigrantes como perros y los relegan a los peores trabajos y mal remunerados.




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