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13 octubre 2022

Te cuento mi historia, por si quieres cruzar el Darién

Por: Marcos Mancero

El número de migrantes y refugiados que caminan por la selva que se encuentra en la frontera entre Panamá y Colombia se ha multiplicado.

El autor hizo el trayecto por uno de los lugares más peligrosos del mundo y reconstruye su testimonio del recorrido a quienes planean aventurarse por la región.

Recibí muy temprano una llamada de Juan (*), un venezolano que me quería contar su historia. Fui enseguida a juntarme con él en el parque principal de la ciudad de Puyo en la Amazonía de Ecuador. Lo encontré abatido al igual que a su esposa. “Los muchachos no lo lograron” repetía, mientras sus dos hijas y una sobrina permanecían calladas mirando el suelo. Mientras iba a encontrarme con ellos, habían recibido una confirmación telefónica de que su sobrino no había logrado cruzar la selva del Darién y que dos de los amigos que le acompañaban también estaban desaparecidos. Habían iniciado el paso en agosto de 2022, fui a escuchar su historia. Lo hice, pero también la experiencia que tuve cuando atravesé esa misma ruta. Fue hace tres años, antes de que estallara la pandemia global de Covid 19. Para entonces aún venezolanas y venezolanos no eran la mayoría de los miles que inician allí su camino clandestino rumbo a Estados Unidos.

Acompañé en esa travesía a migrantes de tres continentes. Nunca escribí lo que viví, pero decidí reconstruir mi experiencia de seis días y seis noches para compartirla, de primera mano, y explicar cómo es en realidad atravesar esa selva. En los días que estuve allí fui amenazado de muerte y acosado por traficantes de personas y grupos armados que dominan partes específicas del trayecto. Estuve secuestrado 19 horas en las que sentí que mi vida había dejado de pertenecerme. Vi el cadáver de un desconocido en la selva y también a personas enfermas, extraviadas y desorientadas que habían sido abandonadas a su suerte. Cuando terminé el recorrido, había sido despojado de prácticamente de todas mis pertenencias.

La inhóspita selva, ubicada en la frontera entre Colombia y Panamá, es como una suerte de Torre de Babel donde confluyen personas de más de 50 países y diversas lenguas. No van con la voluntad de alcanzar el cielo, como en la historia bíblica, sino el sueño americano, en un viacrucis entre la esperanza y la desesperación a través de una naturaleza exuberante cada vez más amenazada por la creciente contaminación.

El paso de migrantes por esta selva se disparó en la última década. Hace 12 años, en 2010, apenas se registraron 559 refugiados y migrantes que la atravesaron. Fueron 30 mil en 2016 y en 2021 la cifra llegó 133 mil. Según Médicos sin Fronteras, organización no gubernamental de carácter global, el año pasado cruzaron el Darién tantas personas como las que lo habían hecho en los 11 años precedentes. Un récord que, entre otras razones, se atribuye a las secuelas económicas de la pandemia y al efecto del cambio climático. La proyección para 2022 es incluso mayor: entre enero y julio de este año, ya habían cruzado más de 71 mil personas, según Migración Panamá.

Venezolanas y venezolanos, incluidas mujeres, niñas y niños, ocupan en el presente el primer lugar entre los que cruzan. De acuerdo con los datos oficiales han sido más de 44 mil en lo que va de año y han superado a personas de Haití y Cuba. Venezuela, sumida en una emergencia humanitaria, ha expulsado a 6,8 millones de personas según datos de Naciones Unidas. Buena parte se dispersó por América Latina, pero progresivamente los países de la región comenzaron a exigir visados que han tenido el efecto de incrementar la movilidad clandestina.

Quienes fueron al sur al principio ahora ponen sus esperanzas de otra vida en el norte. Van empujados también por la noticia de que Estados Unidos extendió el Programa de Protección Temporal (TPS) hasta marzo de 2024. Sus planes son aprovechados por mafias que obtienen millonarias ganancias. Un informe de Interpol y la Policía Nacional de Colombia de 2019 señaló que el negocio del tráfico de migrantes a través del Darién facturaba semanalmente entonces cerca de un millón de dólares, alrededor de 52 millones de dólares anuales. De acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia UNICEF los riegos del tráfico de personas son menores para las mafias que los relacionados con el tráfico de drogas y armas, de allí el atractivo que les representa.

La aflicción humana contrasta con la maravilla natural que constituye el paso. En 2014 el Parque Nacional del Darién, fue declarado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y la Cultura (UNESCO) como Patrimonio Mundial de la Humanidad y Reserva de la Biósfera del Mundo. En conjunto con el parque nacional Katíos de Colombia, constituye un fastuoso bioma, que alberga desbordante diversidad, ecosistemas y pueblos originarios ahora también en riesgo.

Todo eso lo vi en mi camino. En el grupo con el que hice el paso había personas migrantes de África y Haití, además, estaban cinco personas de Venezuela, un presagio de la explosión que ocurriría después. Sin oportunidades de comunicación ni de abastecimiento de agua, comida o medicinas, emprendimos el viaje expuestos a las amenazas ambientales, producto de las especies salvajes que tienen hábitat en el lugar; y a las peores de todas, las humanas, dados los grupos criminales que se han convertido en señores de la selva.

Capurganá fue el inicio

Salimos de ciudad colombiana de Turbo, ubicada en el departamento de Antioquia. Tomé una lancha junto con otras 50 personas. El trayecto duró tres horas. Contemplábamos en el camino playas paradisíacas y aguas cristalinas. Antes del mediodía llegamos a Capurganá, una localidad turística de hermosos paisajes que es un avispero de migrantes y de traficantes de personas que se presentan como guías. El lugar, se convulsiona diariamente cada vez que llega una embarcación al puerto. Apenas empezamos a descender fuimos abordados por lugareños que insistían en llevarnos hasta Panamá sin permitirnos que nos dispersemos.

Mapa elaborado por el autor.

Fui a buscar dónde sellar mi pasaporte, pero cuando regresé encontré que mis acompañantes habían desaparecido. Los busqué y los encontré en una casa a unos 5 minutos del puerto. Una señora se afanaba en preparar alimentos para ofrecer a los recién llegados. El hombre de la casa y sus sobrinos querían apresuradamente cerrar un acuerdo: exigían 250 dólares por persona para el camino.

Me mantenía atento a las negociaciones. Estuvieron estancadas hasta que los guías, con acento paisa, dieron un grito. “No vamos hacer la vuelta a nadie por menos de 150 dólares”. Luego, en tono amenazante, añadieron una frase que marcó un cambio y un cierre en la conversación: “Pongan rápido esa platica (dinero). Ustedes no pueden ir por aquí solos y peor andar acá sin nuestro permiso”.

Decidí acompañar al grupo en ese momento porque pensé que había una buena historia y sentí que no había peligro. Una vez que recogieron el dinero recaudado nos hicieron salir enseguida. Nos señalaron una despensa donde debíamos buscar rápidamente alimentos para tres días. Era mitad de la tarde y logré advertir un anuncio. La puerta al infierno era hermosa y se presentaba ante nuestros ojos con un cartel de bienvenida a un sendero ecoturístico, bien cuidado, mantenido y limpio. Allí había cargadores de equipaje que revoloteaban y se disputaban nuestro favor. Ofrecían llevar las maletas por 20 o 30 dólares y también ayudarnos a trasladar infantes por 70 dólares. Nadie sabía que sus servicios tenían que ser renovados por tramos de una hasta tres horas.

Un muchacho apodado Junior dirigía el grupo de tres guías, quienes portaban chalecos azules y carnets numerados y plastificados. Afortunadamente era verano y casi no llovía. Luego de unas horas caminando dejamos atrás al parque y comenzamos a enfrentarnos a la dureza de la selva. La noche llegó y quienes antes no querían el servicio de cargadores ahora sí recurren al servicio para sus pesados equipajes, pues remontábamos una cuesta.

El ascenso parecía interminable y la oscuridad dominaba el trayecto: no llevaba conmigo una linterna. Un calambre en el pie derecho me sorprendió, pero rápidamente tuve que reponerme para continuar. Paramos a medianoche para descansar. Un grupo de nigerianos que venían conmigo hizo un ritual cristiano con hermosas melodías coreadas por mujeres. No sé si el cansancio o la dulzura de sus voces me hicieron caer dormido pese a la sensación de que no había vuelta a atrás y que estábamos en manos de las mafias.

El tráfico de personas entre América Latina y Estados Unidos es un negocio ilegal y violatorio de derechos humanos que genera ganancias por 31 mil 600 millones de dólares, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). Las mujeres y niñas son las más afectadas por este delito que vulnera la dignidad de millones de personas. Los traficantes con engaños, amenazas, uso de la fuerza y otras formas de coacción someten a sus víctimas. Permanentemente nuestros guías nos dibujaban un panorama en el que se presentaban como ángeles guardianes en un lugar donde no sobreviviríamos sin ellos. Cuando dicen que el Darién es un infierno pienso en esa primera noche. Lo que lo hace tal no es el entorno selvático en sí mismo sino la aterradora presencia del crimen organizado.

Al despertar retomamos la caminata. El suelo fangoso, el calor y la humedad nos hizo presa fácil del cansancio. Además, ya los cargadores no nos acompañaban. Rápidamente todo lo que llevábamos se hizo pesado y con mucho pesar me fui desprendiendo de piezas de ropa y otras cosas innecesarias. En medio de la selva pude ver tiradas tiendas, prendas de vestir, desperdicios de alimentos, latas, plásticos, empaques, papeles, botellas y baterías de linternas. Estos desperdicios no solo señalan el camino sombrío por donde recorrieron otros migrantes, sino también muestran un gran tema olvidado: el grave problema de la contaminación que afecta a la selva y a los pueblos originarios.

Los pueblos autóctonos de este territorio están compuestos por Kunas, Emberá y Wounaan. La densidad de la población es de tres habitantes por kilómetro cuadrado. Ellos han custodiado una marcada diversidad biótica gracias a una relación armónica con la madre tierra. Son los mejores guardianes y por eso también contribuyen a mitigación del cambio climático.

Los madereros y los palmaceiteros se encuentran entre los principales involucrados en los daños ambientales al Darién. Poco se habla de la estela de contaminación generada por migrantes y tratantes de personas, en especial en las fuentes de agua que sirve de sustento y a las poblaciones ribereñas que dependen de los ríos y de la pesca que se puede obtener de ellos.

Mientras caminaba se me acabó el agua y al igual que otros compañeros caminantes nos moríamos de sed. El problema de la contaminación retumbaba en mi cabeza y tenía mucho miedo de beber directamente de los ríos, pero no había remedio: era cuestión de supervivencia. El agua que tomé directamente no estaba tan mal y me calmó la sed. Todos en algún momento terminan bebiendo de los ríos.

Ese segundo día mantuvimos una consigna que se dejó escuchar no más al iniciar la caminata: “Nadie deja atrás a nadie”. Procuramos mantenernos juntos y paramos no muy avanzada la noche. Acampamos cerca de un río. Nos dio tiempo para hacer una gran fogata y conocernos. Nos fuimos identificando y supimos que además de las 5 personas de Venezuela había 28 de Nigeria, 22 de Haití, 5 de Eritrea, 1 de Guinea, 1 República Dominicana y 1 de Ecuador. Ese era yo. Un desconocido con una valija nos acompañaba, pero no quería contacto con ninguno. Había una docena de niños haitianos y aproximadamente 20 mujeres.

Infografía elaborada por el autor

Sumario: Un creciente número de mujeres y niños atraviesan la selva del Darién. Estos son los datos de enero a julio de 2022

71.012 personas en total

52.922 hombres

18.090 mujeres

60.576 adultos

10.436 menores de edad

Fuente: Migración Panamá.

En medio de la fogata conocemos mejor a Jean Marie, un haitiano delgado, que vivió en Venezuela 10 años y habla muy buen español. También dejamos que Ramón, el dominicano, nos haga reír con inesperadas ocurrencias a los hispanohablantes. Fue una pausa en la que cada quien contó las motivaciones por las que emprendía esa difícil travesía. Al calor del fuego y de una noche pudimos relajarnos brevemente.

Repentinamente antes de dormir Junior me llamó aparte. Me hizo saber que Moisés, su tío y el guía que contraté, regresó a Capurganá y había dejado para mí su linterna. Antes de entregármela me hizo una advertencia: “No creo que usted sea migrante. Si vino por acá a pasarnos visaje, téngase cuidado o lo viramos” No entendí qué era “pasar visaje” pero comprendí perfectamente lo último. Casi no pude dormir con semejante amenaza de muerte.

El engaño y el secuestro

Al tercer día creímos que habíamos llegado al destino, pero no fue así: fuimos entregados por los guías a otro grupo que nos mantuvo secuestrados durante 19 horas en un campamento improvisado en medio de la selva.

Habíamos comenzado a caminar apenas amaneció sin tener conciencia de que seríamos engañados. Sorteamos caminos muy anegados que serpentean en la selva convencidos de que estábamos arribando a la última parte del viaje.

Llegamos al lecho de un río y allí Junior nos habló: “Llegamos. Vamos a descansar un momento”. Estábamos muy alegres. Los niños del grupo disfrutaban jugando en el río inocentemente. Algunos, contagiados por la felicidad infantil, aprovechamos también para bañarnos en el agua, relajarnos y quitar el barro de nuestra ropa y de nuestros cuerpos.

Los tres guías conversaron por algunos minutos con un hombre afrodescendiente. Después, Junior nos reunió y nos explicó que ya estábamos del lado panameño y que ellos ya no podían continuar. Nos aseguró que Carlitos –el hombre con quien había estado conversando– sería quien nos guiaría a partir de ese punto.

Nadie sabía que Carlitos nos llevaría hasta un lugar donde nos esperaban dos cómplices: “El Curry” y “El Mocho”, quien llevaba una escopeta. Se aseguraron de hacernos saber que ellos eran la autoridad. Fuimos despojados de machetes, cuchillos y nos sacaron del camino hasta un campamento improvisado. Las venezolanas lloraban angustiadas, los niños no entendían qué estaba pasando y se aferraban a sus padres y madres. Estábamos en shock. Sobrecogido por lo sucedido me cuestioné. ¿Qué hago aquí?

Nadie podía alejarse del campamento. Se había desvanecido de manera cruel la expectativa de llegar en tres días. Entendimos que fuimos engañados y sentimos aturdimiento no solo por eso: advertimos que los chicos de Eritrea ya no estaban con nosotros, escuchamos de una montaña de la muerte que obligatoriamente debíamos cruzar y que faltarían alrededor de tres días más para llegar a Bajo Chiquito el primer enclave del lado panameño.

Un disparo del Mocho en medio del secuestro nos aterrorizó. Dimos un grito tétrico que acompañó como eco el estruendo del proyectil que pasó cerca de la cabeza de Ramón el dominicano. Una acalorada discusión entre Carlitos y el Mocho terminó con el disparo. Las “chamas” venezolanas angustiadas permanecían ahora en silencio. Las madres y padres abrazaban a sus hijos e hijas sabiendo que no era el mejor lugar para estar.

Recuerdo las imágenes de esos abrazos cuando reviso estadísticas del presente que muestran el crecimiento del número de menores que viajan solos por el Darién. Solamente en mayo de 2022 hubo 210 niños y niñas que atravesaron la selva del Darién sin compañía de adultos, según la Defensoría del Pueblo de Colombia. El dato corresponde a los que salieron desde la población de Necoclí, uno de los puntos principales de acceso a la selva. La institución advirtió que los viajes de infantes no acompañados elevan sensiblemente el riesgo de que sean víctimas de reclutamiento forzado, abuso sexual y trata de personas.

Después de que el disparo nos aterrorizó, fuimos informados de que todos debíamos pagar un peaje de 30 dólares por persona para continuar. Empezaron las negociaciones por grupos según la nacionalidad y yo me sumé al de los nigerianos. Se hizo de noche. Después de un largo regateo se fijó el pago por la mitad del monto. Había una lluvia moderada y como pude me coloqué debajo de un plástico grande junto a unas 10 personas. No pude dormir. Fueron 19 horas interminables de secuestro que finalizaron con el pago del peaje y el alba.

La gran montaña de la muerte o del diablo

Un emisario de los secuestradores nos llevó temprano hasta el río donde nos mostró el camino por donde continuar. La caravana humana se extendía en unos 100 metros, plegándose como acordeón según los obstáculos naturales. A partir de ahí hicimos el ascenso por instinto ya sin guía y siguiendo las huellas que dejaron atrás otros migrantes. La montaña se impuso y provocó que el grupo grande se resquebraje: ya no se escuchó la consigna de no dejar atrás a nadie. Se fueron configurando grupos pequeños y cada uno siguió a su ritmo.

La cuesta estaba totalmente anegada y parecía tener vida propia. En cada paso el barro se aferraba fuertemente a nuestros pies, como si no quisiera dejarnos salir de esa selva. Ese esfuerzo adicional hacía que muchas personas tarden demasiado en superar esa montaña. Pocos alcanzamos la cima. Luego de hacerlo empezamos un descenso también peligroso en el que las ramas la y vegetación lastimaban nuestras manos, brazos y rostro. Fue necesario en esta montaña contar con un bastón de madera firme para apoyarse principalmente cuando hundías los pies en el barro.

El descenso terminó a mitad de la tarde y el río al final del declive nos dio la oportunidad de descansar y beber agua. Poco a poco vimos llegar a los rezagados con gruesas gotas de sudor en su rostro. Las mujeres eran recibidas con aplausos. No lograban llegar las familias con niños, personas mayores y con sobrepeso. Supimos que tuvieron que regresar. Ramón, el dominicano a quien esperamos cerca de entrada la noche, tampoco logró completar el camino.

Cuando retomamos la marcha nos sorprendió un joven de alrededor de 20 años de edad que dijo ser de Bangladesh. Salió inesperadamente de entre la vegetación. Afirmó que estaba perdido desde hacía cuatro días. Lo vimos deambular desorientado, mojado y hambriento por la selva. Apenas comió algo de lo que le ofrecimos. Lo quisimos llevar con nosotros, pero vimos que no iba poder caminar más. Por eso regresamos hasta donde había una familia indígena pescando en el río y le encargamos que cuidaran al chico hasta que se recuperara un poco para poder seguir en alguna dirección.

En la noche nos juntamos en la fogata para abrigarnos. Un amigo venezolano nos contó de una tragedia que había sucedido semanas atrás cuando decenas de migrantes cubanos fueron sorprendidos por el desbordamiento del río y muchos perecieronSon historias semejantes a las que se ven reflejadas en los medios de comunicación. Dos de ellas las recuerdo: el 23 de abril de 2019 fallecieron alrededor de 50 migrantes por un desbordamiento; y el 6 de julio de 2022 se reportó que 76 venezolanos se presumían desaparecidos porque después de 12 días no habían salido de la selva ni habían tenido contacto alguno con sus familias.

Los cubanos fallecidos por la crecida de un río en el Darién serían más de 50. https://diariodecuba.com/cuba/1559984735_46848.html

Más de 70 venezolanos están desaparecidos en el Tapón de Darién. https://3eravoz.com/sucesos/mas-de-70-venezolanos-estan-desaparecidos-en-el-tapon-de-darien/

El Tapón de Darién es hostil e impenetrable. Su difícil geografía provocó un conflicto entre naturaleza y desarrollo que impidió que 130 kilómetros de vía se construyan para completar la carretera Panamericana que va desde Alaska hasta la Patagonia. Panamá y Colombia nunca se pusieron de acuerdo para la construcción de este trayecto. Ese carácter de impenetrable ha sido propicio para el uso de la región en el tráfico de drogas, que incluso ha arrastrado a pueblos originarios a modos de vida que les eran ajenos.

Después de escuchar la historia de los cubanos arrastrados por la corriente, nos alejamos del río para montar una tienda que Jean Marie tuvo la precaución de recoger ese día en el camino. Casi es medianoche y hay monotonía de lluvia. Una mujer nigeriana estaba bajo la lluvia y se congelaba de frío. Jean Marie le permitió entrar para que pudiera guarecerse.

El horror de la muerte y el poder de la oración

Muy temprano empezamos el recorrido en este quinto día. Tuvimos que sortear rocas afiladas y resbaladizas. Los ríos zigzagueaban cada vez con más caudales y debimos cruzar uno de ellos más de una vez. Entre nosotros había personas que no sabían nadar y las ayudábamos haciendo cadenas humanas para que pasen de una orilla a la otra. Dos cosas se convirtieron en grandes preocupaciones: la comida casi se había terminado y la mayoría tenía los pies no solo cansados, sino llenos de ampollas.

A media mañana encontramos un hombre fallecido. La mitad del cuerpo salía de su pequeña tienda. El olor era muy penetrante. No había manera de rodearlo, así que debimos pasar por su costado. Habíamos lidiado con todo, pero esto era demasiado. ¿Qué le pudo haber pasado? ¿Qué más nos podía esperar? Las preguntas nos martillaban y eran un peso más en la ruta, aunque seguimos caminando sin hablar del tema para no perder tiempo.

A medio día hicimos un receso. Los nigerianos compartieron galletas caseras con todos. Las recuerdo muy bien: estaban crujientes, frescas y bien conservadas. Después de regocijarme con ellas, busqué una sombra, tumbé mi espalda sobre una roca inclinada e hice una oración por el hombre aquel y también por mí mismo.

Me había quedado profundamente dormido, no sé cuánto tiempo estuve ahí. El grupo había empezado a caminar y fue Jean Marie quien regresó a buscarme apenas se dio cuenta que yo no estaba. Al verme él pensó que algo malo pasó conmigo por la manera como me encontró. Insistió varias veces llamándome hasta que logré despertarme. Se alivió cuando reaccioné. Aceleramos el paso para juntarnos con el resto.

Ya muy tarde, después de caminar a merced de la selva, encontramos cerca de la orilla de un río a un hombre mayor recostado en la arena. Permanecía bajo la lluvia desorientado y temblando. Tenía unos 65 o 70 años de edad. La comunicación con él era difícil, pero entendí que era de Sri Lanka y que tenía hambre. Le ofrecimos galletas, pero no las pudo comer y sus manos no paraban de temblar. Muchos pasaron de largo indiferentes, solo uno de los nigerianos y yo lo asistimos para que siguiera con nosotros. También oramos por él.

La deshidratación, la diarrea y otros problemas gastrointestinales, dengue, paludismo, chikungunya, lesiones cutáneas, pies ampollados y traumatismos por golpes y caídas se encuentran entre las principales patologías que desarrollan los caminantes de la selva. Personal de Médicos sin Fronteras en Bajo Chiquito hizo 30.000 consultas médicas en 2021: alrededor de 10.000 pacientes eran niños, niñas y adolescentes y también hubo 1.000 de mujeres embarazadas. Más de 3.475 también recibieron atención en salud mental en sesiones grupales, que resultan indispensables después de las experiencias traumáticas vividas en la selva. En el presente la organización hace 200 consultas diarias los siete días de la semana: los galenos están preocupados por la desbordante demanda.

Descansábamos cuando nos pillaron tres delincuentes armados con fusiles y con rostros cubiertos con pasamontañas. Exigían una cuota económica. Casi todos asustados ofrecimos lo que podíamos: 10, 20 30 dólares. Se mostraron conformes y nos dijeron que podíamos permanecer en ese lugar e irnos al día siguiente.

Éramos alrededor de 45 personas. Armamos la tienda antes de hacer la fogata. Mientras unos recogían leña y la encendían, cargamos al hombre de Sri Lanka para que estuviera cerca del fuego. Le conseguimos algo de ropa seca. Repasaba mentalmente que no habían llegado hasta aquí ni los niños ni sus padres, ni Ramón el dominicano, ni los cinco chicos de Eritrea ni el desconocido que nos había seguido con la pesada valija cuyo contenido ignorábamos.

Jean Marie antes de dormir dentro de la tienda desperdigó todo su equipaje y de entre su ropa salió comida que tenía muy bien guardada. El pan y las salchichas enlatadas fueron un manjar exquisito para celebrar un día más de supervivencia.

La violencia nos sorprende de nuevo

Apenas unos minutos después de emprender la marcha muy temprano fuimos sorprendidos nuevamente por los mismos delincuentes de la noche anterior. Esta vez eran cinco hombres bien armados y con pasamontañas. Nos dieron una orden: – ¡Dejen ahí en el centro sus mochilas y aléjense hacia atrás!

A punta de fusiles de asalto nos obligan a separarnos en dos grupos de hombres y mujeres. Los primeros fuimos revisados ahí mismo minuciosamente. A las mujeres, en cambio, se las llevaron por un sendero al interior de la selva. Mientras un delincuente nos apuntaba con su fusil, el otro se aseguraba de buscar dinero y objetos de valor: teléfonos, cámaras, computadoras, joyas se quedaron con ellos. Mi computador portátil y mi cámara de video también. No entendí por qué mi iPhone no lo quisieron y me lo devolvieron.

Luego de interminables minutos las mujeres regresaron. De alguna manera supusimos lo que había pasado. Una sensación de impotencia y rabia se apodera de todos, más aún dentro del círculo familiar y de amigos de ellas. La chama venezolana embarazada regresa y se junta con su pareja. Se abrazan fuertemente y no han parado de llorar. Sus tres paisanas tampoco pueden contener el llanto. La exposición a violencia sexual ha quedado retratada en datos de Médicos sin Fronteras. Desde abril de 2021 hasta julio de 2022 han registrado más de 400 casos de abuso de esa índole. Hay hombres que tampoco han escapado de esa suerte.

Después de dos interminables horas podemos irnos, apresuramos el paso para alejarnos prontamente de ese lugar, bajo el calor asfixiante y húmedo el silencio de nuevo se apoderó de todos. Cruzamos rápidamente el río y nos damos la mano unos a otros para pasar los fuertes torrentes con tal de distanciarnos de aquellos delincuentes y violadores.

A media mañana encontramos una mujer haitiana mal herida está sentada en el río. Tiene su rostro muy quemado y sus piernas lastimadas. Se aferra a una vieja biblia que tiene entre las manos. Nos pide ayuda. Intentamos hacerla caminar, pero no puede ponerse en pie. Fue muy difícil para mí tener que dejarla.

Una sensación de miedo se apoderó de nuevo del grupo al mediodía cuando vimos un hombre río abajo. Nos detuvimos en seco y nadie quiso avanzar, algunos incluso nos ocultamos. Era un lugareño que también se había dado cuenta que veníamos por el río y empezó hacernos señales con los brazos abiertos. Mientras nos acercábamos con recelo vimos que un militar estaba cerca de él. Apenas nos acercamos nos dicen que estamos a salvo y nos llevan con ellos, más adelante en un campamento improvisado una mujer tiene abundante comida y gaseosas para ofrecernos. Quienes no tenían dinero también pudieron disfrutar de la bondad y solidaridad de estas personas.

El oficial panameño nos condujo hasta la población de Bajo Chiquito. Solicitó que un grupo especializado subiera a rescatar a las dos personas que habíamos reportado. Todos sin excepción llegamos con alguna afectación física o mental. Encontré al llegar a padres sin sus hijos, hijos sin sus padres, personas que esperan que lleguen sus familiares, hermanos, primos, amigos o conocidos. Sabía que las heridas físicas del trayecto posiblemente cicatrizarán no así las heridas no visibles de esta desgarradora experiencia que tomaría seguramente mucho más tiempo.

En Bajo Chiquito encontré a los 5 muchachos de Eritrea. Habían llegado un día antes. Las dos chicas de su grupo estaba muy afectadas porque también fueron agredidas sexualmente. Les habían quitado todo, incluidos sus pasaportes. Eso les impediría avanzar hasta que las autoridades pudieran verificar su identidad. La mujer haitiana fue rescatada con vida, pero no el hombre de Sri Lanka.

Con mucha atención, Juan y su esposa escucharon mi historia. Me hicieron muchas preguntas, algunas cosas ella las anotaba en un papel. Me dijeron que a pesar de la tragedia de su sobrino y amigos ellos tienen la intención de continuar. Antes de la pandemia habían pasado por la Amazonia ecuatoriana rumbo a Chile y ahora han regresado con la intención de avanzar hacia el norte. Saben que deben extremar la protección a sus hijas y sobrina, pero les motiva los testimonios de muchos de sus amigos y compatriotas que ya están en los EEUU.

Nota:

(*) El nombre marcado con este asterisco está protegido.

Producción realizada en el marco de la Sala de Formación y Redacción Puentes de Comunicación III, de Escuela Cocuyo y El Faro. Proyecto apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 




 







09 octubre 2022

Mas de 160.000 venezolanos han atravesado el Darien

Por: Analisis Critico




08 octubre 2022

Necesito un futuro para mis hijos’: miles de venezolanos se arriesgan en una selva mortal para llegar a EE. UU.

Julie Turkewitz 

Julie Turkewitz, la jefa de corresponsalía de los Andes, y Federico Rios, fotógrafo del Times, pasaron días recorriendo el Tapón del Darién y hablando con migrantes venezolanos para reportear esta nota

TAPÓN DEL DARIÉN, Panamá — Olga Ramos caminó durante días a través de la selva, cruzando ríos, escalando cerros y cargando a una niña en pañales a través de un fango tan profundo que parecía que se las tragaría enteras.

En el camino, se cayó varias veces, pasó a un niño discapacitado que tenía un ataque de pánico y vio el cadáver de un hombre con las manos atadas a su cuello.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 

Sin embargo, como decenas de miles de otros venezolanos que atraviesan esta ruta salvaje y sin caminos conocida como el Tapón del Darién, Ramos creía que llegaría a Estados Unidos, al igual que sus amigos y vecinos habían hecho semanas atrás.

“Si mil veces me toca venirme”, dijo la enfermera en un campamento a varios días de camino en la espesura de la selva, “mil veces lo voy a hacer”.

Ramos, de 45 años, forma parte de un movimiento extraordinario de venezolanos que van a Estados Unidos

De 2015 a 2018, en el eor periodo de la crisis en Venezuela, la detención de migrantes venezolanos en la frontera sur de EE. UU. jamás superó las 100 personas al año, según las autoridades estadounidenses.

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Continue reading the main storEste año, más de 150.000 venezolanos han llegado a la frontera.La mayoría de ellos se han animado a emprender este viaje terrible, y a veces mortal, porque se ha corrido el rumor de que Estados Unidos no tiene forma de devolver a muchos de ellos.
ImageInicio de la caminata en el Tapón de Darién. La mayoría de los venezolanos se han decidido a emprender este viaje terrible al correrse la voz de que Estados Unidos no tiene forma de devolver a muchos de ellos.
Inicio de la caminata en el Tapón de Darién. La mayoría de los venezolanos se han decidido a emprender este viaje terrible al correrse la voz de que Estados Unidos no tiene forma de devolver a muchos de ellos.
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Olga Ramos, a la izquierda, al cruzar el Darién con su familia.
Olga Ramos, a la izquierda, al cruzar el Darién con su familia.

Pero sus travesías —a menudo mal informadas por videos de las redes sociales— producen escenas crueles en el Darién, la extensión de terreno selvático de 106 kilómetros que conecta Centro y Sudamérica, debido a crisis paralelas y agobiantes que se desarrollan al norte y al sur del continente.

Al sur, Venezuela, bajo un gobierno autoritario, se ha convertido en un país disfuncional que genera un éxodo masivo de personas que buscan alimentar a sus familias. Desde 2015, más de 6,8 millones de venezolanos han abandonado el país, según las Naciones Unidas, con destino sobre todo a otros países suramericanos.

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Sin embargo, con la pandemia y una inestabilidad económica exacerbada por la guerra en Ucrania, muchas personas no han conseguido establecerse financieramente en países como Colombia y Ecuador. Así que muchos venezolanos han vuelto a ponerse en marcha, ahora hacia Estados Unidos.

Al norte, el aumento presenta un desafío político cada vez mayor para el presidente Joe Biden, que está atrapado entre los llamados para ayudar a un pueblo desesperado y la presión creciente de los republicanos para que limite el flujo de migrantes de Venezuela y otros lugares antes de las elecciones de medio término que se celebrarán en noviembre.

En meses recientes, las detenciones en la frontera sur de EE. UU. han alcanzado niveles récord y entre las nacionalidades de mayor crecimiento están los venezolanos.

Pero los venezolanos no pueden ser deportados con facilidad. Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas con el gobierno del presidente Nicolás Maduro y cerró su embajada en 2019, luego de acusar al líder autoritario de fraude electoral. En la mayoría de los casos, los agentes estadounidenses permiten que los venezolanos que se entregan a las autoridades entren al país, donde pueden iniciar el proceso de solicitud de asilo.

Esto los ha puesto en el centro de la batalla política por la migración: una gran cantidad de las personas que están siendo enviadas en autobús o avión por los gobernadores republicanos a bastiones demócratas son venezolanos, entre ellos los que llegaron hace poco a Martha’s Vineyard, la isla exclusiva ubicada frente a la costa de Massachusetts.

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Muchas personas empiezan el viaje cargados de pertenencias pero se ven obligados a dejarlas cuando el camino se pone más difícil.
Muchas personas empiezan el viaje cargados de pertenencias pero se ven obligados a dejarlas cuando el camino se pone más difícil.
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Un descanso cerca de la frontera entre Colombia y Panamá
Un descanso cerca de la frontera entre Colombia y Panamá

El secretario de Seguridad Nacional de EE. UU., Alejandro Mayorkas, dijo en una entrevista que el gobierno de Biden seguía comprometido con la creación de “caminos legales” para que las personas migren a Estados Unidos “sin tener que poner sus vidas en manos de contrabandistas y proceder por terrenos traidores como el Darién”.

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Pero no presentó ningún plan en particular para los venezolanos, quienes, de solicitar visas desde el exterior, seguramente tendrían que esperar durante años.

Mayorkas recalcó que Estados Unidos no está ofreciendo ningún tipo especial de refugio para los venezolanos.

No obstante, esto no ha impedido que proliferen los rumores de que el gobierno de Biden ha abierto las puertas a los migrantes venezolanos y de que una vez que lleguen les ofrecerá ayuda.

Rodeada por su familia en un pueblo en la entrada del Darién antes de empezar la caminata, Ramos, la enfermera, dijo que había dejado en Caracas a sus padres y el hogar en el que vivió durante 20 años.

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Viajaba con 10 parientes, entre ellos varios nietos y dos hijas.

“Antes para uno entrar a Estados Unidos tenía que tener visa”, dijo Ramos. “Y ahora, gracias a Dios, nos dan un refugio”.

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800 KMS

160 KMS

Por The New York Times

Durante décadas, el Darién era considerado tan peligroso que muy pocos se atrevían a cruzarlo. Desde 2010 y hasta 2020, el promedio anual de cruces rondaba debajo de 11.000 personas, según las autoridades panameñas. En algún momento, la mayoría de los migrantes que andaban por la zona eran cubanos. Hace poco, casi todos eran haitianos.

El año pasado, más de 130.000 personas atravesaron caminando el Darién. Este año, ya han cruzado más de 156.000 personas, la mayoría de ellos venezolanos.

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“Yo de Venezuela me vine a Colombia, trabajé y trabajé”, dijo Félix Garvett, de 40 años, que el mes pasado esperaba para emprender su viaje bajo una carpa en una ciudad playera colombiana. “Pero mi mente es muy grande y necesito un futuro para mis hijos”.

Desde 2017, Estados Unidos ha invertido casi 2700 millones de dólares para responder a la crisis de Venezuela y una parte significativa de ese dinero se ha destinado a países sudamericanos que reciben a los venezolanos. La meta ha sido evitar que vayan al norte.

Pero este nuevo aumento sugiere que la estrategia no está funcionando.

Andrew Selee, presidente del Instituto de Política Migratoria en Washington, dijo que la avalancha hacia la frontera no era resultado de un cambio entre las gestiones de Trump y Biden sino que más bien responde a que hay más conciencia entre los venezolanos sobre el hecho de que las autoridades estadounidenses los dejan entrar.

El aumento en la migración coincide con una proliferación de personas que documentan sus viajes por el Darién en las redes sociales.

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Un momento de alegría al llegar a la frontera entre Colombia y Panamá. A la mayoría le esperaba otra semana de caminata por delante.
Un momento de alegría al llegar a la frontera entre Colombia y Panamá. A la mayoría le esperaba otra semana de caminata por delante.
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Un campamento junto al río Armila, a tres días de caminata en la selva.
Un campamento junto al río Armila, a tres días de caminata en la selva.

En TikTok, distintas variaciones de la etiqueta #selvadarien ahora tienen más de 500 millones de vistas, un aumento enorme en comparación con las cifras que se registraban hace unos meses.

La tendencia ha producido selfis y videos del Darién que los expertos aseguran que están induciendo al error a grandes cantidades de personas, que se arriesgan en una caminata que es mucho más peligrosa de lo que parece en las redes sociales.

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Al pedírsele comentarios, un vocero de TikTok hizo referencia a las normas de la comunidad que prohíben el contenido que promueve las actividades delictivas. La empresa dijo que no tenía planes de deshabilitar las etiquetas o hashtags relacionados con el cruce aunque, luego de ser contactada por The New York Times, sí retiró varios videos que violaban sus normas.

En decenas de entrevistas a lo largo de varios días de caminata en la ruta, quedó claro que se está gestando una crisis humanitaria como no se había visto antes en el Darién, producto de una combinación de la desesperación, la atracción perdurable de sueño americano y las publicaciones engañosas en las redes sociales.

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Un río contaminado en el Darién donde los migrantes se detienen a asearse. La región, que hasta hace unos años era una selva inmaculada, ahora es un largo camino de basura, ropa, zapatos, carpas y comida que la gente ya no puede cargar.
Un río contaminado en el Darién donde los migrantes se detienen a asearse. La región, que hasta hace unos años era una selva inmaculada, ahora es un largo camino de basura, ropa, zapatos, carpas y comida que la gente ya no puede cargar.
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Juan Emilio Jiménez perdió parte de su pierna en un accidente de motocicleta e hizo el viaje con una prótesis.
Juan Emilio Jiménez perdió parte de su pierna en un accidente de motocicleta e hizo el viaje con una prótesis.

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Diana Medina, líder de participación comunitaria y rendición de cuentas de la Federación Internacional de la Cruz Roja en Panamá, ha estado monitoreando las redes sociales para intentar comprender la información que los migrantes están recibiendo.

Dijo que los venezolanos estaban muy apegados a la tecnología y que eran más susceptibles de confiar en lo que veían en línea, algo que atribuyó al declive de los medios tradicionales en el país.

Como resultado, más personas emprenden el viaje, guiados por testimonios emotivos en TikTok. “Bendito sea Dios”, dice el texto de un hombre y su pareja que lloran al vadear un río hacia lo que parece ser Estados Unidos. “La gloria es de Dios”.

Muchos migrantes salen sin comprender el terreno, la geografía o los conflictos sociales que les esperan, dijo Medina.

Un grupo criminal poderoso controla la zona. Muchos migrantes han sido extorsionados y atacados sexualmente en la ruta. Otros han fallecido en la caminata, o se los llevan los ríos o mueren luego de una caída.

La fuerza policial fronteriza de Panamá dijo recientemente que había hallado los restos de 18 personas migrantes en los primeros ocho meses del año.

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El fango dificulta todo en el viaje.
El fango dificulta todo en el viaje.
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Yhoana Sierra se soltó de una cuerda guía y cayó cuesta abajo en un terreno fangoso.
Yhoana Sierra se soltó de una cuerda guía y cayó cuesta abajo en un terreno fangoso.

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Un día reciente, unos 1000 migrantes salieron de Capurganá, Colombia, la última ciudad antes de ingresar al Darién camino al norte.

Durante horas anduvieron fatigosamente cuesta arriba en varios cerros. Si bien algunos jadeaban y se doblaban de dolor, el ambiente era de celebración. Alguien comentó que no estaba tan mal, que era un poquito como caminar a través de tierras de cultivo.

Pero en los días siguientes la travesía se puso mucho más difícil. Mientras la gente se adentraba en lo profundo de la selva, se volvía más difícil distinguir el camino. Muchos se separaron de sus familiares al tropezar o caer o detenerse para vaciar una bota llena de agua.

Pasada la frontera de Colombia con Panamá, Romina Rubio, de 23 años, una mujer ecuatoriana que había estado viviendo en Venezuela, se desplomó al desmayarse en los brazos de su esposo, con un severo dolor en el vientre.

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Cuando volvió en sí, se puso otra vez en marcha. Pero en la cima de una bajada peligrosa, la cuñada de Rubio, Yhoana Sierra, de 29 años, se soltó de una cuerda guía y cayó a tropezones por el cerro.

Sierra estaba embarazada y despertó sangrando la mañana siguiente, probablemente por haber perdido el bebé.

Ya nadie se tomaba selfis.

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Un grupo de personas migrantes se detiene en un cerro durante su cruce por el Tapón de Darién, entre Colombia y Panamá.
Un grupo de personas migrantes se detiene en un cerro durante su cruce por el Tapón de Darién, entre Colombia y Panamá.

Eileen Sullivan colaboró con reportería desde Washington; Isayen Herrera desde Caracas, Venezuela; Kalley Huang desde San Francisco, Federico Rios desde el Tapón de Darién y Genevieve Glatsky desde Bogotá.

Julie Turkewitz es jefa del buró de los Andes, que cubre Colombia, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Perú, Surinam y Guyana. Antes de mudarse a América del Sur, fue corresponsal de temas nacionales y cubrió el oeste de Estados Unidos. @julieturkewi


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